Trece días para salir de aquí. Trece. Para huir esta vez más lejos, que los demonios me siguieron hasta Madrid y no han parado hasta derretirme en este verano traicionero. Que he cortado todas las cuerdas que me ataban. Que os he cortado, y me habré cortado yo también porque ya no siento nada por nadie. Nos movemos por puro interés, sensaciones, apariencias. Y empiezo a sentirme así, a reptar por todas esas cosas que me bloquean los sentimientos. A estar rodeada de gente bebiendo, fumando, riendo. Mirarles, y saber que no se puede confiar en ninguno de ellos. Sólo bailar. Posar para alguna que otra foto. Llegar a casa en la misma mierda de siempre y no dar ni devolver las buenas noches a nadie. No tener que dar explicaciones. No ser de nadie ni con nadie, en todos los sentidos. Todos te acaban vendiendo. Te traicionan, te arruinan lo que has conseguido por ti mismo y se plantan cada noche delante de ti. Y te sonríen. Sinceramente, que os den.
A día de hoy puedo decir que no pondría la mano en el fuego por nada, ni por nadie. Que en mi mundo sólo existo yo, estoy hueca por dentro. No tengo nada que ofrecer excepto cervezas y noches de bajar al infierno. Y sé que he hecho daño a algunas personas, pero no se puede dar algo que no tienes. Al menos yo puedo decir que voy con la verdad por delante, que soy libre. Que ya fui una vez de alguien y le di todo. Me entregué, pero empiezo a cogerle cariño a esta cárcel de puertas abiertas. A buscarme la vida y no la muerte, como hacía antes. A ser mi único problema y solución, porque no hay persona que naciendo cien veces me merezca.