martes, 24 de noviembre de 2015

Cima

Siempre me pasa lo mismo al salir a la superficie, boqueando en busca de tu oxígeno, que ha desaparecido de mi atmósfera. Siempre me mareo y me golpeo con la realidad. Y qué mierda de realidad. Y qué mierda de ausencia. Y de todo. Y qué ganas de tanto que se quedan en eso, en ganas. En deseos, anhelos, sueños, ¿promesas? Qué vas a prometer a los 21, si no puedes ni asegurarte un cigarro en la boca. Qué vamos a saber de nada y de todo. Intuir, eso es otra historia. Intuyo el aire que entra a tus pulmones, el burbujeo del café y ese cosquilleo del final. El final de un suspiro, de unas horas contadas, limitadas en el momento que te das cuenta de que el tiempo vuela en ala-delta y joder, siempre te pilla en tierra. Rebozándote en tus cosas, que para algo te pringas. Y sabes, a veces, en las esquinitas del corazón o en las de los cachitos, se quedan trozos fosilizados. Y quién es nadie para luchar contra la degradación natural de uno mismo, ¿o acaso recuerdas tener el alma nueva?. No. Desde que nacemos vamos cambiando poco a poco, envejeciendo por dentro a mayor velocidad que por fuera, que tampoco está mal. Cambiar es bonito. De vez en cuando. Como cuando me tocó pasar de estado líquido a sólido, que oye, ya tocaba eso de hacerme la dura. Que yo no lo sabía pero se puede ser de mármol y de lava a la vez. Como tú. Se puede estar tan frío como para quemar y bueno, eso también es bonito, que al romper todos los volcanes lo son. Y se pueden escalar, pero para eso no puede faltarme tu oxígeno, ¿recuerdas?