domingo, 19 de junio de 2016

Nada.

Me duele la cabeza y esta boca seca creo que no le ayuda. Serán las cervezas en las que llevo días intentando ahogarte, pero no hay manera de dejar de escucharte en mi cabeza. Gritándome, hundiéndome. Y la que se está ahogando soy yo, que me has quitado las escaleras para salir y no paro de dar vueltas en círculo, muriéndome de ganas por estar ahí fuera contigo, aunque sea golpeando con la espalda en el bordillo. Pero sigues inmóvil, observándome a lo lejos. Y nada de lo que pueda gritar te pone en marcha. Nada de lo que tartamudee entre lágrimas va a llegar a tus oídos y a hacerte reaccionar. Te limitas a mirarme con ojos tristes y me hablas de un imposible. Esperas a que alguien te encuentre en medio de este crimen que tus propias manos no pueden llevar a cabo. Que te encierren, que te alejen de toda esta mierda y que me pongan a salvo, a 200 km al menos. Pero por suerte o por desgracia, la separación de nuestros cuerpos no hace que nuestra atracción tienda a cero. De primera mano sé que lo hace a infinito. Y este infinito se va a comer todas mis ganas de boquear en la superficie si nunca vuelves a ser mi salvavidas, aunque sea sin enterarte. Aunque tu rutina hostil tampoco te deje ver más allá, que para mí tampoco ha sido primavera ni verano. Para mí tampoco ha dejado de llover ni de helar en las pestañas. Y me sigo encogiendo cada noche al meterme en la cama tratando de reunir todo el calor que ya no podemos darnos. Me sigo abrazando a la almohada para que me dé respuestas. Pero siempre me devuelve el mismo silencio. Y ya no dices nada, y tengo ganas de gritar. Esa puta nada que provoca tanta ansiedad por el todo.

lunes, 30 de mayo de 2016

Los 15 días.

Por muy contradictorio que te parezca, a veces te echo de menos. Pero sin el a veces. Echo de menos tus manos bajando por mi espalda y tu respiración entrecortada. Tus ojos, críticos, recorriéndome. Tus expresiones y las que te quedaste mías. Ser la mosca en tu pared. El THC inundando nuestras ganas. Las estrellas mirándonos cuando no teníamos dónde escondernos, y cuando surcamos el cielo hasta la ciudad de las lucecitas rojas. Echo de menos esa habilidad para hacer de cualquier lugar en el mundo un rincón tan exquisito. De que me pareciera todo fácil, de que bajara la marea. Sentirme nada y todo a la vez bajo tus brazos. Extraño hasta la cuenta atrás de los días para vernos, marcados en mi calendario, que ahora me mira confuso. Ahora que ya no cuento los días para nada, sólo los dejo pasar. Día, noche, qué importa. Pero entonces recuerdo que estamos rotos. Que reventamos en mitad de esta autopista a ningún sitio de tanto dar de sí el amor, que resultó no ser elástico. Era rígido y frágil, y cuando miro al suelo sólo veo los trozos a mi alrededor, y me duele atravesarlos. Me duele preguntarme si estarás pensando en mí, y si en tu cabeza está teniendo lugar la misma obra de teatro en la que somos felices. Los recuerdos con los que Facebook me devuelve a todo eso que me encantaría volver a ser contigo. Aquí, ahora, hoy. En esta ciudad o en otro mundo. Y no odiar al aleatorio por reproducirte, ni a esta habitación por no contenerte ya más. No aguantarme las ganas de llamarte, de preguntarte cosas, de hacerte reír. No echarme a llorar sin razón aparente al despertar, al dormir, al respirar. No echarte de menos. Echarte de más. Vaya mierda.

miércoles, 18 de mayo de 2016

No me di ni cuenta de que ya nunca estabas.

Tras semanas cuesta abajo y sin frenos. Tras cuchillos volando de un corazón a otro. Una guerra en la que ninguno de los dos quería sacar la bandera blanca, que al final se ha teñido de sangre. Y se ha parado el reloj que me regalaste y se cayó de canto nuestra foto. Y las astillas nos salpicaron y se clavaron en cada uno de nuestros "quiero estar contigo". Yo ya no quiero. No puedo. Soy una superviviente que no quiere volver a la isla desierta de la que casi muere huyendo. Que nadando en ese mar de destrucción ya me encontré demasiadas redes. No puedo seguir siendo tu presa. Soy algo más. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Dime, ¿cómo vas a salvarme de romper contra las rocas si te tapas los ojos cuando grito tu nombre? Si estrellaste tus gafas contra mis ilusiones... Y ya ni las encuentro. Ni te encuentro. El odio ha asaltado tu cuerpo y tus palabras, que salen disparadas a bocajarro de tu boca. Y nunca he sabido cuál es el escudo más efectivo contra ti. Quizá sea este. El silencio. Y quizá el silencio nos cure a los dos, que ya no nos queda espacio para las tiritas. No sirven. Nunca sirvieron más que para mantener la estética, las sonrisas vacías. La herida se nos infectó debajo y ahora qué. Ahora este dolor se ha extendido y no hay otra solución que amputar. Pero aún puedo ser tu prótesis, si quieres. Claro que te quiero, pero no así. No a lo que eres ahora. A esta continua ansiedad de medir mis pasos. A no poder respirar. Lo que fuimos ya me queda tan lejano que me parece haberlo leído en algún blog feliz. Y mira, este desde luego no lo es. Y si estoy aquí, desde luego que no lo soy. Pero a veces hay que entender que el buen sabor del veneno tiene doble filo. Y lo siento, pero no puedo cortarme más. No voy a odiarme más. Y espero que tú tampoco.

martes, 24 de noviembre de 2015

Cima

Siempre me pasa lo mismo al salir a la superficie, boqueando en busca de tu oxígeno, que ha desaparecido de mi atmósfera. Siempre me mareo y me golpeo con la realidad. Y qué mierda de realidad. Y qué mierda de ausencia. Y de todo. Y qué ganas de tanto que se quedan en eso, en ganas. En deseos, anhelos, sueños, ¿promesas? Qué vas a prometer a los 21, si no puedes ni asegurarte un cigarro en la boca. Qué vamos a saber de nada y de todo. Intuir, eso es otra historia. Intuyo el aire que entra a tus pulmones, el burbujeo del café y ese cosquilleo del final. El final de un suspiro, de unas horas contadas, limitadas en el momento que te das cuenta de que el tiempo vuela en ala-delta y joder, siempre te pilla en tierra. Rebozándote en tus cosas, que para algo te pringas. Y sabes, a veces, en las esquinitas del corazón o en las de los cachitos, se quedan trozos fosilizados. Y quién es nadie para luchar contra la degradación natural de uno mismo, ¿o acaso recuerdas tener el alma nueva?. No. Desde que nacemos vamos cambiando poco a poco, envejeciendo por dentro a mayor velocidad que por fuera, que tampoco está mal. Cambiar es bonito. De vez en cuando. Como cuando me tocó pasar de estado líquido a sólido, que oye, ya tocaba eso de hacerme la dura. Que yo no lo sabía pero se puede ser de mármol y de lava a la vez. Como tú. Se puede estar tan frío como para quemar y bueno, eso también es bonito, que al romper todos los volcanes lo son. Y se pueden escalar, pero para eso no puede faltarme tu oxígeno, ¿recuerdas?

martes, 18 de agosto de 2015

Algo que sirva como luz.

Que escribir no sirve de nada si no se publica, porque sólo se grita aquello de lo que no se tiene miedo. Y no sé si tener miedo de estas ganas locas de salir volando, de las noches cortas, de la rutina, de mí. De quedarnos suspendidos y luego no saber bajar. De dormir contra la pared y no poder escapar.  De los susurros en vano, de la luz y del silencio...
Echar de menos está bien hasta cierto punto, que la distancia si es cero duele más. Y quedarse estático no ayuda, mata. Me matan los mismos putos árboles que veo a diario desde mi ventana al despertar, el calor que traen y ese olor a la nada en el aire -sí, la nada también tiene un olor y no es del todo desagradable-. Me matan los brazos cruzados y esa canción avocada al replay. Desde aquí me estoy muriendo de ganas de sentir el frío de la cerveza en los dedos, de que me lleve un tornado y me deje en suelo virgen. Que me alborote el pelo y me burbujeen las neuronas. Que el suelo se haga añicos bajo nuestros pies y las predicciones se queden a un lado. Bum. Pero antes de nada, no puedo evitar preguntarme si al tenderte el brazo serás capaz de seguirme.

miércoles, 14 de enero de 2015

Ven.

Recuerdo que cuando era pequeña un dolor de garganta me bastaba para no salir de la cama en todo el día. Para esconderme, huir de la realidad. Esperar a que después de comer alguien llamase para decirme todo lo que me había perdido en el recreo. Y perdía. Pero un día me dije que no perdería más. Y aunque ser valiente no es sólo cuestión de suerte, a mí me ayudó bastante. Y después de todo aquí estoy en medio de la Toscana y joder, me siento imparable. Que los límites sólo existen si te los pones tú mismo, y yo empiezo a olvidarlos. Y a usar los ojos para algo más que ver. Observar, sentir y disfrutar todo aquello que siempre ha estado ahí, conmigo, pero nunca he sabido apreciar. Ni merecer. . Que yo hace un año seguía a la deriva y choqué con bastantes icebergs. Contigo. Me hundí, subí, bajé y volví a flotar. Y así hasta hace unas semanas, que he pisado tierra. Tu playa. Y qué bien sienta volver a casa. Esta sensación que ya no recordaba. Y qué agridulce volver a Florencia con ella. Un poco tuya y de nadie. Qué sé yo, que quiero un aquí y ahora que me explique estas ganas de morderte aunque todo vaya en contra. Que después de años de tira y afloja, igual el equilibrio no es tan imposible. Que igual nosotros no somos imposibles

jueves, 11 de diciembre de 2014

Too weird to live, too rare to die.

"Vivir esperando que algo llegue, o que llene." rezaba esa canción de Crema que a ratos vuelvo a escuchar. Y me vuelvo a identificar. Y me dejo llenar tanto que reboso, y huyo. Y es que para mí sois como la canción que descubres de casualidad tomando cervezas en un bar, que cantas todo el día e incluso te pones de despertador, y a la semana siguiente ya no puedes ni escuchar. Que te quema. Y piensas "bueno, a otra cosa". Pues qué asco doy. Que me he quedado atascada en este patrón de "Chica conoce a chico, se gustan, van a cenar, follan, desayunan, vuelven a follar, se van, se vienen, duermen. Gritan, ríen, cantan. Se encantan. Chica se agobia, pierde el interés. Chico no entiende a esa loca del coño. Chica desaparece. Fin.". Y ninguno es feliz ni come perdices. Mierda.

Estoy tan vacía que ya no me soporto ni me importa. Tan rota que nadie es suficiente. Y qué bonito es cambiar, y qué triste hacerlo tan para mal. Y mirar alrededor y ver gente que se enamora, se desenamora, se ilusiona. Igual que hacías tú antes de la tormenta. Y es que no sabes salir de los "no quiero nada serio" que acaban jodiendo al resto, que ni está roto ni lo merece. Que sigues drogándote con los míticos revolcones de una noche que te ayudan a dormir. Que estás atrapada en el insomnio de los incomprendidos -pero es que a mí ya me comprendieron una vez y fue un malentendido-. Y la cama se te hace más grande que el Sáhara cuando nadie se enfrenta contigo a los espejismos. Y ruedas, y cada noche cambias de dirección sin dejar de ser de piedra. Y te preguntas por qué, o en qué puto momento te arrebataron esa capacidad de sentir algo más que las descargas de un orgasmo, y si algún día encontrarás el mapa que te ayude a desenterrarla... Y yo sólo espero que para entonces siga ahí.