Por muy contradictorio que te parezca, a veces te echo de menos. Pero sin el a veces. Echo de menos tus manos bajando por mi espalda y tu respiración entrecortada. Tus ojos, críticos, recorriéndome. Tus expresiones y las que te quedaste mías. Ser la mosca en tu pared. El THC inundando nuestras ganas. Las estrellas mirándonos cuando no teníamos dónde escondernos, y cuando surcamos el cielo hasta la ciudad de las lucecitas rojas. Echo de menos esa habilidad para hacer de cualquier lugar en el mundo un rincón tan exquisito. De que me pareciera todo fácil, de que bajara la marea. Sentirme nada y todo a la vez bajo tus brazos. Extraño hasta la cuenta atrás de los días para vernos, marcados en mi calendario, que ahora me mira confuso. Ahora que ya no cuento los días para nada, sólo los dejo pasar. Día, noche, qué importa. Pero entonces recuerdo que estamos rotos. Que reventamos en mitad de esta autopista a ningún sitio de tanto dar de sí el amor, que resultó no ser elástico. Era rígido y frágil, y cuando miro al suelo sólo veo los trozos a mi alrededor, y me duele atravesarlos. Me duele preguntarme si estarás pensando en mí, y si en tu cabeza está teniendo lugar la misma obra de teatro en la que somos felices. Los recuerdos con los que Facebook me devuelve a todo eso que me encantaría volver a ser contigo. Aquí, ahora, hoy. En esta ciudad o en otro mundo. Y no odiar al aleatorio por reproducirte, ni a esta habitación por no contenerte ya más. No aguantarme las ganas de llamarte, de preguntarte cosas, de hacerte reír. No echarme a llorar sin razón aparente al despertar, al dormir, al respirar. No echarte de menos. Echarte de más. Vaya mierda.
lunes, 30 de mayo de 2016
miércoles, 18 de mayo de 2016
No me di ni cuenta de que ya nunca estabas.
Tras semanas cuesta abajo y sin frenos. Tras cuchillos volando de un corazón a otro. Una guerra en la que ninguno de los dos quería sacar la bandera blanca, que al final se ha teñido de sangre. Y se ha parado el reloj que me regalaste y se cayó de canto nuestra foto. Y las astillas nos salpicaron y se clavaron en cada uno de nuestros "quiero estar contigo". Yo ya no quiero. No puedo. Soy una superviviente que no quiere volver a la isla desierta de la que casi muere huyendo. Que nadando en ese mar de destrucción ya me encontré demasiadas redes. No puedo seguir siendo tu presa. Soy algo más. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Dime, ¿cómo vas a salvarme de romper contra las rocas si te tapas los ojos cuando grito tu nombre? Si estrellaste tus gafas contra mis ilusiones... Y ya ni las encuentro. Ni te encuentro. El odio ha asaltado tu cuerpo y tus palabras, que salen disparadas a bocajarro de tu boca. Y nunca he sabido cuál es el escudo más efectivo contra ti. Quizá sea este. El silencio. Y quizá el silencio nos cure a los dos, que ya no nos queda espacio para las tiritas. No sirven. Nunca sirvieron más que para mantener la estética, las sonrisas vacías. La herida se nos infectó debajo y ahora qué. Ahora este dolor se ha extendido y no hay otra solución que amputar. Pero aún puedo ser tu prótesis, si quieres. Claro que te quiero, pero no así. No a lo que eres ahora. A esta continua ansiedad de medir mis pasos. A no poder respirar. Lo que fuimos ya me queda tan lejano que me parece haberlo leído en algún blog feliz. Y mira, este desde luego no lo es. Y si estoy aquí, desde luego que no lo soy. Pero a veces hay que entender que el buen sabor del veneno tiene doble filo. Y lo siento, pero no puedo cortarme más. No voy a odiarme más. Y espero que tú tampoco.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)