domingo, 16 de diciembre de 2012

Gorgeous Nightmare

Las conversaciones entre borrachos suelen ser las más sinceras, dicen que son los que menos mienten... Y yo llevo tiempo mintiéndome a mí misma, ignorándome a ratos. Me pasaría la vida borracha sólo por no pensar en su pelo negro, por no pasar las semanas reconstruyendo algo que se derrumba continuamente con un simple soplido... Intento creer que son malas épocas, que volverás a ser tú. Pero el primer paso para solucionar un problema es darse cuenta de que lo tienes... O de lo que tienes.
Ya los sábados no son tan sábados, los domingos son el peor día de la semana y los lunes se vuelven imposibles de asimilar. Los martes no puedo ni mirarme al espejo, los miércoles sólo quiero pasarlos bajo las sábanas y los jueves me pregunto qué estoy haciendo con mi vida. No creo necesario aclarar en qué consisten los viernes...
A veces voy por la calle, huelo tu colonia y tengo la esperanza de tropezarme con tus ojos. Pero no. Porque sé que estás a 90 km de mí y eso jamás va a ocurrir. Pero sigue reconcomiéndome esa sensación de que te encontraré al girar la esquina que me hace sentirme tan vacía. A veces no sé quién soy, quién no soy y quién esperabas que fuera. A veces no sé ni quién eres tú. A veces, me acribillas con palabras duras y dudas. A veces, sólo a veces... Echo de menos tus cosas.
Me doy cuenta de que pendemos de un hilo, que sólo lo estiramos más y más... En lugar de crear uno mejor o tan fuerte como el anterior. que a veces quieres un final y sólo me sale llorar, impotencia. No soy una persona perfecta, no soy como otras chicas que conozcas ni confío ciegamente en todo el mundo. No me quiero muchas veces a mí misma y soy celosa, insegura, cabezota... O deprimente. Igual no soy lo que quieres o no quieres lo que soy. No seré la mejor novia del mundo... Pero sí la persona que más te va a querer en tu vida. De lo contrario, explícame por qué mientras pulso las teclas sólo siento un nudo en la garganta, una presión que me mata y un borboteo de agua salada incontrolable...

lunes, 3 de diciembre de 2012

La chica de los mordiscos.

El invierno se acercaba y las primeras heladas comenzaban a paralizar los rayos de Sol. Ahora atardecía tan pronto que había veces que ni veía la luz del sol, se sentía como un vampiro, vampiresa más bien, saliendo por las noches a morderle el cuello. Se enrolló una bufanda al cuello para evitar virus indeseados, intentó doblegar por enésima vez a su flequillo y, al salir, el chirriar de la puerta pasó desapercibido entre las voces de los niños que jugaban en el parque.
No caminaba con prisa, pero tampoco con pausa, por fin era viernes y a pesar del cansancio acumulado, en su mente sólo mantenía la última sonrisa que recibió por su parte. La música en sus cascos le alejaba del resto del mundo y del frío, haciéndole sentir como en un videoclip. Le gustaba mirar fijamente a la gente que se cruzaba por la calle para observar cómo le retiraban la mirada de manera incómoda, cómo trataban de evitar el contacto visual con ella. A los gatos o a los perros, en cambio, más bien los sonreía. Puede sonar raro, pero nunca le había gustado la gente, menos aún las multitudes. A ella le gustaban las personas, y esas podían contarse con los dedos de su mano derecha, escondida en el bolsillo.
Los primeros adornos de Navidad comenzaban a adueñarse de las calles, los mismos de cada año, desapercibidos para la mayoría de transeúntes... Y casi sin darse cuenta llegó a su destino, como si de repente pudiera teletransportarse (ojalá). Llamó al timbre y a los pocos segundos ahí estaba él, con esa camiseta negra que le marcaba cada curva del cuerpo y unos vaqueros que dejaban bastante a la imaginación, descalzo, con su gran sonrisa de siempre y los ojos fijos en los suyos. No puedo evitar mirarle y derretirse pese a las bajas temperaturas.
Expectante por sentir su olor después de varios días, se lanzó sobre sus brazos como quien se deja caer en la cama buscando seguridad y comodidad, buscando sentirse en casa. Varios besos lentos precedieron a tanta efusividad y la invitó a pasar dentro, donde les esperaba un gran cuenco de palomitas con azúcar, una manta y una película por descubrir. Realmente la película era lo de menos, la simple sensación de sentir que bastaba con estirar el brazo para acariciar su cara llenaba más que todo el azúcar del mundo.
Se quitó sus zapatillas y las colocó con cuidado debajo del sofá, dejando al descubierto unos calcetines con dibujos, sus preferidos. Mientras tanto, él ponía todo a punto y se acomodaba en el sofá, haciéndola un hueco con el brazo. Ella no desaprovechó ese rincón y se acurrucó como un oso panda sobre su pecho, lo que le permitía escuchar sus latidos. Eso la relajaba tanto... Una palomita en su boca la sacó de aquella ensoñación y él rió mientras se llevaba otra a la boca.
Ya habían pasado los créditos, la película comenzaba al fin, y eso les mantuvo dos horas enredados bajo la manta. Casi lo olvido, a ella también le gustaba comentar las películas que veía en casa, buscar errores o  darle algún toque cómico. En cambio, cuando iban al cine, sabía mantenerse callada pero se desesperaba con el murmullo de la gente. Siempre la gente, maldita gente.
Después de eso solían tumbarse en la cama y escuchar música mientras se miraban cara a cara estudiando cada rasgo, cada movimiento que alimentara los recuerdos durante el resto de la semana. Tenían una complicidad especial, ninguno necesitaba preguntar al otro cómo se sentía porque sabían transmitírselo con caricias y cosquillas en la espalda, a lo sumo susurros al oído. Ella solía pensar que la suya no era una relación como cualquier otra, que nada se comparaba a él ni a lo que habían conseguido juntos durante todo este tiempo. A sus 18 años su mayor deseo era poder ser con él el resto de su vida. Donde, cómo y cuando fuera, pero sin soltarle nunca. A pesar de discusiones tontas, errores y lágrimas, estaba jodidamente enganchada a ese chico, a esa persona que representada prácticamente por todos los dedos de su mano. Adicta a su dosis de él, a su voz y a cada segundo aprovechable juntos, sentía que se marchitaría como una flor en plena sequía si le perdía.
Hasta ahora había sabido ser un cactus, aguantar con algunas gotas de agua (potable o no) al año. Pero ya no sería así nunca más. Ya no podía ni sabía ser otra cosa que una flor que necesitaba ser regada a diario con el agua más pura del mundo, y sólo existía en él. Él la había hecho más madura y más bonita, aunque también más dependiente. Pero ahora era feliz. ¿No es lo que se busca siempre? Ser mejor, sonreír más, tener un motivo por el que despertarte y una persona a la que dar todo tu cariño cada día, corresponder y ser correspondido. Gritar y tener a alguien que grite contigo, que entienda tus demencias...
Entonces abrió los ojos. Una vez más, se había quedado dormida entre sus brazos, y sólo pudo sonreír al darse cuenta de que todo eso con lo que creía estar soñando era real. Él era real. Y no le cupo más duda cuando la miró, y al acercarse lentamente, pudo sentir sus dientes mordiéndole los labios.

"Mejor que un  pellizco, sin duda." Pensó mientras el sueño volvía a apoderarse de ella.