Hoy te me has aparecido en sueños, y eso que ya no me acuesto pensando en ti, al menos conscientemente. Te he visto, pero no te he oído. No recuerdo con claridad tu voz normal, sólo tu risa y ese estúpido pero dulce tono que ponías cuando me decías que era un panda. O tu chica panda. Y así sin mediar palabra, en el mismo silencio en el que llevas sumido dos meses, no sé de dónde has salido pero para cuando he querido salir corriendo te me has acercado despacito, y te has dejado caer por mi cuello, y yo te salvaba. Y lo cierto es que me mirabas y se me olvidaba que existía el habla, ya pensaba en sensaciones, atrapada. Me reflejaba en tus ojos negros y podía verme por dentro. Tampoco había demasiado pero sabía que tú también podías verlo, y por primera vez me ha dado vergüenza sentirme tan desnuda contigo. Sin acordarme siquiera de dónde estábamos -o creía estar- he dejado que me llevaras contigo, y he podido recordar tus detalles, como quien estudia algo pasado. Y hemos llegado lejos, sobrepasando la barrera del dolor, nos hemos comido con los ojos y nos hemos bebido a morro, y creo que desde que me fui nunca había sentido tanta calma... Pero entonces no he sabido recomponerme. He despertado, he mirado el móvil y me he encontrado contigo, pero mudo aún. Sin mensajes, sin señales. Una pantalla negra y fría que mejor que nadie sabe reflejar mis ojeras de panda desorientado, y ese lado de la cama vacío. Y desde entonces, sin evitarlo o quizás sin intentarlo, llevo todo el día buscando el camino de vuelta.
martes, 22 de octubre de 2013
viernes, 4 de octubre de 2013
Nada más que eso.
A veces, sólo a veces, me acuerdo de ti. Y me sale una sonrisa, pero no de felicidad. Es la típica sonrisa triste que pones cuando te ríes por no llorar. Pero lloras, y no tiene sentido. Casi como esta semana, que me ha ido deshaciendo poco a poco, y eso que sólo me han matado de frío. Y aún así tengo que salir ahí fuera y decirles a todos que soy fuerte, que no echo de menos ser feliz contigo cuando no estabas vacío, y que mi única preocupación es el número de cervezas que me beberé esta noche. Y qué, decía yo más atrás. Si llevo toda la semana decepcionándome con la gente, siempre la puta gente, y cuando crees que puedes dejarte caer, no hay nadie esperándote abajo para parar el golpe. Sólo el suelo, frío, para romperte.
No sé, al menos era feliz entre sus sábanas cuando todo me importaba una mierda. Igual fuera de ellas no lo era, pero eso es lo más cerca a la felicidad que he estado en años. Todavía puedo recordar su olor, la forma en que me se erizaba la piel cuando me rozaba, y ese escalofrío que me recorría hasta la punta de los dedos del pie, y joder, duele porque es como extrañar a un difunto. No hay vuelta atrás, ni solución, porque el problema se ha esfumado. Para siempre. Pero de cualquier forma, esa que os digo era una felicidad tan fácil de conseguir que yo me complico la vida y desde entonces ya no la atrapo. No voy a mentir, la he buscado en los cafés a medias que dejabas en las cafeterías, en la hierba recién cortada y en los secretos que guarda Madrid. Y sólo he encontrado imitaciones, sucedáneos de algo que me recordara que estoy viva, que un día fui invencible y podía con todos. Que me gustaba ser yo y mis circunstancias, meter a alguien en mi mundo y hacerle de guía toda la noche por mi espalda. Eso, y motivos para no creer en superhéroes ni en ser salvada. Pero no sé, creo que en el fondo me encanta que nunca nada salga bien, así tengo más motivos para quejarme de mi vida, y de ti, de todos, y odiar fuerte y morir lento. Aquí, entre maría y canciones tristes.
martes, 1 de octubre de 2013
No sufrió, se murió de odio.
Yo si me entregaba era sin límites, y hay que ver cómo me pasa factura. Si es costumbre darse a medias, sin mediar palabra, y recogerse. Y eso que no creo en los "para siempre" pero si en los "hasta nunca", que esos sí que los controlo bien. Nada ni nadie va a estar siempre ahí para escucharme llover, ni siquiera mi cama, que por cierto ya ni hago, si total no va a durar hecha más de unas horas. Si es que nada dura, todo está destinado a acabarse. Para qué confiar, para qué dejarse romper, para qué abrirse... Si una decepción lo va a cambiar todo.
Y es que estoy tan cansada de derretirme en los mismos brazos que sé que van a aplastarme, que no me puedo tomar en serio ni vísceras ni mariposas. Qué palabras voy a creerme, si los hechos ya no están de moda, y en cuanto me las empiezo a tragar me ahogan. Y lo vomito todo y me pongo perdida, pero ya da igual. Me revuelco en la misma mierda que un día me hizo creer que era feliz, como fumarse el cartón de un porro. Y da igual y siempre es igual, aunque no dure lo mismo, suelo creerme infranqueable cuando estoy llena de cicatrices abiertas, pero ya no escuecen. Porque lloro, y lloro de más, pero yo creo que es para dejar espacio a más como tú, porque de algo hay que morir. Por dentro.
Si es que cómo no voy a generalizar, si hasta ahora nadie me ha roto diferente. Me han prometido heridas bonitas pero son todo máscaras, y puede que exista a alguien que sea la excepción, la de verdad, pero entonces sólo vendrá a confirmar la regla. Igual nunca viene, o igual ya me conoce y se camufla entre hijos de puta, quién sabe. Si confiar es de pobres, pero no en dinero.
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