Recuerdo que cuando era pequeña un dolor de garganta me
bastaba para no salir de la cama en todo el día. Para esconderme, huir de la
realidad. Esperar a que después de comer alguien llamase para decirme todo lo
que me había perdido en el recreo. Y perdía. Pero un día me dije que no
perdería más. Y aunque ser valiente no es sólo cuestión de suerte, a mí me
ayudó bastante. Y después de todo aquí estoy en medio de la Toscana y joder, me
siento imparable. Que los límites sólo existen si te los pones tú mismo, y yo
empiezo a olvidarlos. Y a usar los ojos para algo más que ver. Observar, sentir
y disfrutar todo aquello que siempre ha estado ahí, conmigo, pero nunca he sabido apreciar. Ni merecer. Tú. Que yo hace un año seguía a la deriva y choqué con
bastantes icebergs. Contigo. Me hundí, subí, bajé y volví a flotar. Y así hasta
hace unas semanas, que he pisado tierra. Tu playa. Y qué bien sienta volver a
casa. Esta sensación que ya no recordaba. Y qué agridulce volver a Florencia con
ella. Un poco tuya y de nadie. Qué sé yo, que quiero un aquí y ahora que me
explique estas ganas de morderte aunque todo vaya en contra. Que después de
años de tira y afloja, igual el equilibrio no es tan imposible. Que igual
nosotros no somos imposibles.