Parece ser que no todas las sorpresas son buenas o malas. También las hay agridulces, buenomalas o simplemente indiferentes. Y yo la otra noche me sorprendí ordenando carpetas en el ordenador, y para variar encontré una de recuerdos tuyos. Y es que nunca se termina de borrar del todo una etapa, y menos a la persona que la vivió contigo. Pero la sorpresa no era la de encontrar aquella carpeta. No. Llegó cuando me descubrí pensando en ti como una etapa que forma parte de mí. Que no puedo odiar, ni querer, ni echar de menos. Simplemente aceptar que un día nos sentamos en el césped de Plaza España y tu me hacías fotos mientras yo me quejaba de lo espeso que estaba aquel smoothie del Burguer King. Y que ese día, como tantos otros, fuimos felices. Y está bien. Estuvo bien. Pero ya no somos esas personas, ni volveremos a serlo nunca más. Por casualidad o por capricho el destino nos juntó un 21 de julio, y estoy orgullosa de poder decir que lo exprimimos hasta la última lágrima.
Hoy, después de más de un año, cuando miro esas fotos ya no me rompo. Sonrío como quien encuentra su juguete preferido de cuando era niño, porque sabe que pertenece a un tiempo que aunque ya no pueda revivir siempre será una parte importante de su vida. Que recuerda haberse sentido invencible junto a él. Y yo era esa niña que cuidabas y que te quiso más que a su propia vida, por la que mataste monstruos y conquistaste lados derechos de la cama. Pero ya no. He cambiado, he crecido, me he hecho algún que otro piercing y me he vuelto fuerte, fría dicen algunos. Y tú también. Ya no tengo la suerte de hablar contigo a diario, pero sé que no eres la misma persona. Y sí, eso también está bien. Estamos en otra etapa con caminos separados. Por fin lo he entendido. Y sólo me sale agradecerte todo lo que me hiciste sentir y esperar que tú también sepas verle el lado bueno. Desearte quizás no lo mejor, pero sí lo que sea más justo para ti. Y dejarnos atrás.
¿Y sabes qué? He conocido a alguien. No es como tú, aunque las comparaciones sean odiosas y muchas veces subjetivas, pero sabe encontrar esa pequeña pieza que me activa el mecanismo de la felicidad. Empieza a saberse mis qués, mis cuándos y mis por qués. Y joder, qué miedo todo. Estoy en ese tira y afloja en el que estabas tú cuando me conociste, en ese "no quiero nada serio". Y entonces apaga el porro con la mano derecha mientras me enreda el pelo con la izquierda, me convence sin abrir la boca, y las cosas se ponen serias. Y yo no quiero ponerme seria. No quiero darle a nadie más el poder de hacerme daño. No quiero subir a esa montaña rusa. Que yo no estoy hecha para ser el medio cítrico de nadie. Soy sólo yo y mis circunstancias. Bueno, y su piel a ratos. Y ahí es cuando me acojono el doble, por no poder sentir suficiente. Porque me está dando la posibilidad de destruirle, y creo que nadie debería quitarme el récord de heridas de guerra.
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