Conozco mi talento, mi virtud y mi defecto, pero creo que aún no te conozco a ti. Yo soy como ese guisante que se queda en el plato y nadie quiere, o como la última gota de refresco que nunca consigues beberte. No vengo a hablar de inseguridades, de tristezas o de vías de escape. Lo cierto es que esos temas ya los he agotado antes en mi cabeza y bueno, ahora mismo me siento la persona más indiferente del planeta, pero también la más mentirosa.
Podría ser sincera y maldecir al mundo entero, pero a nadie le importaría. Nada sirve, haga lo que haga no te vas a sorprender, no vas a reaccionar. Hemos cambiado el acción-reacción por acción-revolcón, y así nos va, que no sabemos ni hacia dónde dejarnos llevar, pero nos dejamos al fin y al cabo.
Después de tres días sin salir de casa, me veo a mí misma sentada en el borde de la cama, escuchando cualquier canción con la que crea identificarme y mirando al frente, pero sin llegar a verte, no sé si me explico. Esta espiral está girando demasiado y creo que voy a salir pronto, ¿sabes? la vida es un cúmulo de cosas que no tienen verdadera importancia, con la excusa de tener algo en lo que pensar o en lo que sentir. Pero ser, ser, no somos nada.
Me mastica el miedo desde fuera y creo que empiezo a comprender por qué volqué todo mi honor en torno a un tono que no sonó, o cuántas vidas hacen falta para convencerme de que desde que te conocí fue la guerra. De cualquier forma, ya no quedan despertares emotivos, ni playas que conocer, ni suspiros que absorber. No sé a ti, pero a mí ya sólo me queda Madrid y algunas de sus calles llenas de "no te vayas". Y respirar en verde y pensar en negro. Ni prisas, ni trenes, ni olores a ti, porque ya nada es lo mismo, ni tú el mismo. Yo tampoco soy igual, lo que queda de mí es la parte que me susurra "te lo dije", y se clava dándose la razón.
Pero de todo se aprende. De esto estoy aprendiendo lo peligroso que es confiar ciegamente en alguien, y en que siempre va a estar ahí. Lo único que va a estar siempre a tu lado eres tú mismo. Ni tus amigos, si es que lo son, ni tu pareja, si es que merece llamarse así, ni siquiera tu familia. Morimos solos, y ya no creo en lo de resucitar acompañado. Ni en los para siempre. Todo es tan efímero, se escapa tan rápido, que da miedo, pero me calma adelantarme a ello. Puede que sea triste sentarse y distorsionar la realidad esperando al final, perder la noción del tiempo y del espacio, cuando ya no te quedan ilusiones, ni huevos a enfrentarte a tus fantasmas... Pero cuando tu enfermedad es lo único que te mantiene con vida, no te queda otra que resignarte a que se canse de destruirte por dentro, y busque un cuerpo nuevo que corromper... Que el cuerpo no sabe llorar, lo que llora es el alma.
No hay comentarios:
Publicar un comentario