Hoy te me has aparecido en sueños, y eso que ya no me acuesto pensando en ti, al menos conscientemente. Te he visto, pero no te he oído. No recuerdo con claridad tu voz normal, sólo tu risa y ese estúpido pero dulce tono que ponías cuando me decías que era un panda. O tu chica panda. Y así sin mediar palabra, en el mismo silencio en el que llevas sumido dos meses, no sé de dónde has salido pero para cuando he querido salir corriendo te me has acercado despacito, y te has dejado caer por mi cuello, y yo te salvaba. Y lo cierto es que me mirabas y se me olvidaba que existía el habla, ya pensaba en sensaciones, atrapada. Me reflejaba en tus ojos negros y podía verme por dentro. Tampoco había demasiado pero sabía que tú también podías verlo, y por primera vez me ha dado vergüenza sentirme tan desnuda contigo. Sin acordarme siquiera de dónde estábamos -o creía estar- he dejado que me llevaras contigo, y he podido recordar tus detalles, como quien estudia algo pasado. Y hemos llegado lejos, sobrepasando la barrera del dolor, nos hemos comido con los ojos y nos hemos bebido a morro, y creo que desde que me fui nunca había sentido tanta calma... Pero entonces no he sabido recomponerme. He despertado, he mirado el móvil y me he encontrado contigo, pero mudo aún. Sin mensajes, sin señales. Una pantalla negra y fría que mejor que nadie sabe reflejar mis ojeras de panda desorientado, y ese lado de la cama vacío. Y desde entonces, sin evitarlo o quizás sin intentarlo, llevo todo el día buscando el camino de vuelta.
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