A veces, sólo a veces, me acuerdo de ti. Y me sale una sonrisa, pero no de felicidad. Es la típica sonrisa triste que pones cuando te ríes por no llorar. Pero lloras, y no tiene sentido. Casi como esta semana, que me ha ido deshaciendo poco a poco, y eso que sólo me han matado de frío. Y aún así tengo que salir ahí fuera y decirles a todos que soy fuerte, que no echo de menos ser feliz contigo cuando no estabas vacío, y que mi única preocupación es el número de cervezas que me beberé esta noche. Y qué, decía yo más atrás. Si llevo toda la semana decepcionándome con la gente, siempre la puta gente, y cuando crees que puedes dejarte caer, no hay nadie esperándote abajo para parar el golpe. Sólo el suelo, frío, para romperte.
No sé, al menos era feliz entre sus sábanas cuando todo me importaba una mierda. Igual fuera de ellas no lo era, pero eso es lo más cerca a la felicidad que he estado en años. Todavía puedo recordar su olor, la forma en que me se erizaba la piel cuando me rozaba, y ese escalofrío que me recorría hasta la punta de los dedos del pie, y joder, duele porque es como extrañar a un difunto. No hay vuelta atrás, ni solución, porque el problema se ha esfumado. Para siempre. Pero de cualquier forma, esa que os digo era una felicidad tan fácil de conseguir que yo me complico la vida y desde entonces ya no la atrapo. No voy a mentir, la he buscado en los cafés a medias que dejabas en las cafeterías, en la hierba recién cortada y en los secretos que guarda Madrid. Y sólo he encontrado imitaciones, sucedáneos de algo que me recordara que estoy viva, que un día fui invencible y podía con todos. Que me gustaba ser yo y mis circunstancias, meter a alguien en mi mundo y hacerle de guía toda la noche por mi espalda. Eso, y motivos para no creer en superhéroes ni en ser salvada. Pero no sé, creo que en el fondo me encanta que nunca nada salga bien, así tengo más motivos para quejarme de mi vida, y de ti, de todos, y odiar fuerte y morir lento. Aquí, entre maría y canciones tristes.
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