Me despierto mareada, desorientada, oliendo a tabaco y alcohol barato. Las náuseas me hacen levantarme todo lo rápido que puedo y arrastrarme, tambaleando, hasta la puerta del baño. Cuanto menos ruido intento hacer, más fuerte me parece que suena todo, pero al fin llego y mi cuerpo trata de eliminar todas las penas que ahogué anoche. Respiro hondo y me miro al espejo para encontrarme con un chinote de grandes dimensiones en la camiseta, arañazos, ojos rojos, pelo enredado y un sabor en la boca que en conjunto me dan ganas de seguir vomitando. Aún así, me hace un poco de gracia hasta que empiezo a recordar el día anterior. Y es ahí cuando empiezo a sentirme estúpida por momentos. Y joder, resulta que las penas no se habían ahogado. Que sigo siendo la misma bala que disparaste al cielo pero nunca regresó; se quedó en las nubes pensando que subirías a buscarla y esperó tanto que al final esas nubes la atraparon. Y aquí estoy sin nada que perder, intercambiando minutos por excusas. Creyendo que alguien puede querer ser conmigo, si ya no me soporto ni me importa. Vendiéndome por orgasmos que hacen el papel de morfina cuando no puedo aguantar el roce de mis trozos por dentro, que ya me cansé de intentar unirlos. Me limito a autoconvencerme de que el que no quiera joderme en el buen sentido, al final lo hará en el malo. Bendita suerte la mía, o bendita predilección por las personas tóxicas, qué se yo. Lo único que tengo claro es que por mucho que se me repitan las historias, nunca le cogeré el truco a lo de no dejarme romper.
No hay comentarios:
Publicar un comentario