Tras semanas cuesta abajo y sin frenos. Tras cuchillos volando de un corazón a otro. Una guerra en la que ninguno de los dos quería sacar la bandera blanca, que al final se ha teñido de sangre. Y se ha parado el reloj que me regalaste y se cayó de canto nuestra foto. Y las astillas nos salpicaron y se clavaron en cada uno de nuestros "quiero estar contigo". Yo ya no quiero. No puedo. Soy una superviviente que no quiere volver a la isla desierta de la que casi muere huyendo. Que nadando en ese mar de destrucción ya me encontré demasiadas redes. No puedo seguir siendo tu presa. Soy algo más. Pero no hay más ciego que el que no quiere ver. Dime, ¿cómo vas a salvarme de romper contra las rocas si te tapas los ojos cuando grito tu nombre? Si estrellaste tus gafas contra mis ilusiones... Y ya ni las encuentro. Ni te encuentro. El odio ha asaltado tu cuerpo y tus palabras, que salen disparadas a bocajarro de tu boca. Y nunca he sabido cuál es el escudo más efectivo contra ti. Quizá sea este. El silencio. Y quizá el silencio nos cure a los dos, que ya no nos queda espacio para las tiritas. No sirven. Nunca sirvieron más que para mantener la estética, las sonrisas vacías. La herida se nos infectó debajo y ahora qué. Ahora este dolor se ha extendido y no hay otra solución que amputar. Pero aún puedo ser tu prótesis, si quieres. Claro que te quiero, pero no así. No a lo que eres ahora. A esta continua ansiedad de medir mis pasos. A no poder respirar. Lo que fuimos ya me queda tan lejano que me parece haberlo leído en algún blog feliz. Y mira, este desde luego no lo es. Y si estoy aquí, desde luego que no lo soy. Pero a veces hay que entender que el buen sabor del veneno tiene doble filo. Y lo siento, pero no puedo cortarme más. No voy a odiarme más. Y espero que tú tampoco.
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