Me duele la cabeza y esta boca seca creo que no le ayuda. Serán las cervezas en las que llevo días intentando ahogarte, pero no hay manera de dejar de escucharte en mi cabeza. Gritándome, hundiéndome. Y la que se está ahogando soy yo, que me has quitado las escaleras para salir y no paro de dar vueltas en círculo, muriéndome de ganas por estar ahí fuera contigo, aunque sea golpeando con la espalda en el bordillo. Pero sigues inmóvil, observándome a lo lejos. Y nada de lo que pueda gritar te pone en marcha. Nada de lo que tartamudee entre lágrimas va a llegar a tus oídos y a hacerte reaccionar. Te limitas a mirarme con ojos tristes y me hablas de un imposible. Esperas a que alguien te encuentre en medio de este crimen que tus propias manos no pueden llevar a cabo. Que te encierren, que te alejen de toda esta mierda y que me pongan a salvo, a 200 km al menos. Pero por suerte o por desgracia, la separación de nuestros cuerpos no hace que nuestra atracción tienda a cero. De primera mano sé que lo hace a infinito. Y este infinito se va a comer todas mis ganas de boquear en la superficie si nunca vuelves a ser mi salvavidas, aunque sea sin enterarte. Aunque tu rutina hostil tampoco te deje ver más allá, que para mí tampoco ha sido primavera ni verano. Para mí tampoco ha dejado de llover ni de helar en las pestañas. Y me sigo encogiendo cada noche al meterme en la cama tratando de reunir todo el calor que ya no podemos darnos. Me sigo abrazando a la almohada para que me dé respuestas. Pero siempre me devuelve el mismo silencio. Y ya no dices nada, y tengo ganas de gritar. Esa puta nada que provoca tanta ansiedad por el todo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario