miércoles, 6 de febrero de 2013

Despierta.

Decidiste dejar de pensar, dejar de darle importancia a las cosas. Encerrarte en casa cuando llueve con la música a todo volumen para tratar de engañarte a ti mismo con la idea de que la culpa de que todo se esté inundando ahí fuera no es tuya. Bajar las persianas para evitar ver cómo me empapo de tus falsas promesas y palabras, y salir sólo cuando hace Sol y no hay previsiones de mal tiempo.
Qué diferente es este capítulo de la introducción. Es mirar fotos y recordar las sensaciones que teníamos en ese momento, sensaciones que intentan volver pero se quedan a mitad de camino porque sólo una mitad tira de ellas. La otra se limita a mirar...
Me he acostumbrado a ti, a nuestras cosas. Dejaste el listón tan alto cuando intentabas impresionarme que ahora que tienes toda mi atención te limitas a pintar ilusiones en el aire que pocas veces se cumplen. A veces incluso me las pinto yo misma con acciones anteriores de aliciente, o al menos me las pintaba, hasta que asumí que nada va a volver a ese punto. Que este libro sigue, pero cada capítulo pasado se va consumiendo entre mis dedos y no se puede volver a releer. Me quemo por dentro, pero da igual.
A veces me pregunto qué hago aquí. Ya no encuentro respuestas mirando al techo, a veces ni lo puedo entrever entre tantos pensamientos que me nublan la vista. Siempre nos han enseñado que la vida es constante cambio, que nos vamos deteriorando a cada segundo, a cada respiración, pero implica eso deteriorase también como persona?
Echo de menos muchísimas cosas, y me vengo sorprendiendo con otras nuevas. Y ya no es la distancia, no. Ya no es la edad, tampoco el tiempo. Eres tú qué has decidido dejar de darle importancia a las cosas. Caer en la rutina, olvidarte de cómo sacarme una sonrisa en los peores momentos. Simples detalles, pequeños, pero que te han hecho siempre tan grande. Dónde están? Me los llevé conmigo acaso el día que me marché a vivir a Madrid? O tú en la despedida? Dímelo, porque yo no los encuentro, y cada vez los noto más perdidos.
Suelo notar tus balas atravesando mi entereza. Disfrutas disparándome, quizás por venganza o por simple placer. Luego dejas pasar un tiempo y vuelves como si fueras tu gemelo bueno, regalándome coronas de oro pintado y castillos de plástico que serán vencidos con la mínima tormenta.
Y no, no me gustan las tormentas, porque siempre soy yo quien sale electrocutada, y vuelvo a reconstruir una y otra vez esos castillos en un intento de engañarme a mí misma. Algunas veces parece que estés hecho de mármol, frío, duro, calculador. Como una estatua. Y me das escalofríos.
Odio cuando me embarga esa sensación de que todo se está desintegrando y no puedo evitarlo. Es como tratar de atrapar pompas de jabón. Yo sólo quiero que vuelvan los buenos tiempos. No quiero dudar, no quiero que le digas lo mismo que a mí a todas. Quiero ser especial, ser diferente al resto de la gente para ti. Tú siempre lo has sido para mí. No quiero grandes regalos, grandes viajes ni nada por el estilo. Me conformo con que me des un poco de ti, yo te lo estoy dando todo de mí.  Quiero tener motivos para confiar, simplemente ser como antes. Que tu indiferencia me está matando, joder, despierta si no quieres que se vaya todo a la mierda. Despierta...

No hay comentarios:

Publicar un comentario