martes, 15 de abril de 2014

Sin salida

Podría pasarme las noches admirando el gotelé, cigarro en mano y cualquier fantasma en mente. Y no saber si pensar en qué o quién, o si pensar a secas. O ver 500 días juntos en bucle y convencerme de que todo lo que me parece bonito se suele quedar en triste, pero siempre lo veo tarde, como sus señales (de humo). Como si viviera una felicidad a medias paralela a todo el que me ocurre alrededor, como este porro que me sube y me seca los ojos. Y se me ponen verdes, así que su teoría no era cierta. Pero nadie lo es. Ni siquiera yo soy ciertamente lo que se espera de mí. Que a mí lo que me gusta es que su sudadera me cubra medio culo, y el otro medio sus ojos. Salir a quemar Madrid y arder entre sus dedos. Karaokes. Cervezas de nombres impronunciables medio vacías, pero vasos medio llenos de intenciones. Canciones que me saquen a bailar sin decir nada, que me acerquen un poco más a algo, que no me obliguen a dejarme morir en los baños de una discoteca. A chocarme por dentro, odiarme y quererme sin romper nada. A ser lo que quiera, pero no sólo yo. Y a dejar de luchar por un sitio que lleva meses ahogándome, que nunca ha sido para mí, del que no me dejan irme. Que esa boca era mi salida de emergencia.

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